
Desde los principios de la civilzación ha existido una raza impetuosa y mitológica, esa cuyos miembros se han convertido en héroes inmortales, épicos guerreros que blanden espadas imaginarias y se lanzan de frente contra monstruos de hielo a los cuales, en la mayoría de los casos, logran derrotar.
Esta raza de las que les hablo somos nosotros, los románticos. El corazón de un hombre es un músculo peculiarmente peligroso. He llegado a pensar que si los seres humanos muriéramos según nuestro estilo de vida, (que un hombre que se haya obsesionado con el conocimiento muera de derrame cerebral, por ponerte un ejemplo) entonces yo moriría de un paro cardíaco. Es que si un músculo he explotado y maltratado es mi bomba sanguínea.
¿Acaso será un error dejarte guiar por él? Supongo que a veces sí, y a veces no. El corazón es el estandarte de la valentía. Pudiera sentarme aquí a contarles hazañas que he llevado a cabo gracias a la terquedad de este pulsante amigo que vive dentro de mi pecho. Pero al mismo tiempo, pudiera sentarme a contarles acerca de todas las estupideces que he cometido, todos los bochornos, todas las oportunidades perdidas, por culpa de la vocecita que me sale de enmedio de los pulmones, e insiste con su "hacelo, hacelo!!".
Algo así me he estado sintiendo estos días. Hay momentos en que he empezado a ver señales de humo, a escuchar susurros que hace un tiempo hubiese matado por poder escuchar. Pero hoy estoy ante mi más común conflicto existencial: ¿Acaso estas señales son de verdad? Esta guerra sin cuartel que me demanda tomar decisiones... ¿acaso es verdad que está sucediendo algo relevante, algo que me cambie la dirección de mi vida diaria?
Una escena que me impactó profundamente fue la que presencié una vez en algún canal de cable: hay una clase de pez que vive en alguna costa de algún lugar, la cosa es que cada cierto tiempo a ese pez le da por encerrarse en una cueva acuática, sin comer durante meses. Hay un momento durante esa extraña hibernación en el cual al pobre pececito le da por tener hambre. Después de semanas sin comer, yo empezaría a tragar arena. Pero no, el pececito es paciente (algo que a mí me hace DEMASIADA falta) y se queda quietecito esperando que pase algo que pueda comerse. Pasa mucho, pero mucho tiempo, y ese pez está inmutable, esperando.
Hasta que un sagrado día, se acerca un pececito solitario, nadando por ahí. Si de por sí este pez hibernador se había ganado mi admiración, imagínense como lo veneré al ver que no se lanzó como loco a comerse al pececillo que ha aparecido. Es que ese pececillo que se le ha cruzado es espantosamente escurridizo, y nuestro amigo debe esperar aún más. Se pasa ahí horas y horas, hasta que el pececillo se le acerca y... POW!!! Una sola mordida, y la barriga ya está llena.
Quizás yo debería ser más como ese pez hibernador. Ser paciente es la clave para derrotar a la zozobra. Es una táctica de guerra bastante extraña. Dejar que el demonio de la desesperación pataleé y pataleé tanto pero tanto que termine cansándose, y entonces vos podés sacudirte el polvo y actuar con naturalidad, derechito al triunfo. Las cosas buenas cuestan muchísimo. Para la mayoría de seres humanos, cuando quieren algo, su reto consiste en salir a buscarlo, a pelear contra fuego y agua para conseguirlo. Ahí reside su triunfo, poder decir "YO ME DÍ EN LA MADRE PARA LOGRAR LO QUE QUERÍA".
Pero para los de mi raza impetuosa, eso no es mayor cosa. No es que sea fácil, pero gente como yo ya trae una especie de "Manual de remontada épica" integrado en el cerebro. Para mí el reto consiste en... no hacer nada. Amarrarme a la silla y esperar que pase lo que tenga que pasar, esperar la embestida de mis demonios. Es momento de guardar la espada y ponerme los escudos. Sentarme a SER PACIENTE, a no interrumpir el curso del tiempo y el espacio.
Paciencia, para ver pasar las estaciones, los momentos, invocar a la Anestesia Divina para que me deje adormecido. Esa paciencia con la que los prados se vuelven verdes, como las aves que migran sin prisa hasta el otro lado del mundo, con la paciencia que la aguja segundera espera a que la minutera apure el paso... paciencia, bajo el riesgo que la paciencia se confunda con desinterés... supongo que mis suspiros indisimulados se encargarán de que eso no suceda.
Después de todo, durante los últimos años de mi vida he llegado a creer algo fundamental... la paciencia es el primo favorito de la esperanza.
Sólo así responderé a mi pregunta... ¿acaso es posible que esté sucediendo algo?
Esta raza de las que les hablo somos nosotros, los románticos. El corazón de un hombre es un músculo peculiarmente peligroso. He llegado a pensar que si los seres humanos muriéramos según nuestro estilo de vida, (que un hombre que se haya obsesionado con el conocimiento muera de derrame cerebral, por ponerte un ejemplo) entonces yo moriría de un paro cardíaco. Es que si un músculo he explotado y maltratado es mi bomba sanguínea.
¿Acaso será un error dejarte guiar por él? Supongo que a veces sí, y a veces no. El corazón es el estandarte de la valentía. Pudiera sentarme aquí a contarles hazañas que he llevado a cabo gracias a la terquedad de este pulsante amigo que vive dentro de mi pecho. Pero al mismo tiempo, pudiera sentarme a contarles acerca de todas las estupideces que he cometido, todos los bochornos, todas las oportunidades perdidas, por culpa de la vocecita que me sale de enmedio de los pulmones, e insiste con su "hacelo, hacelo!!".
Algo así me he estado sintiendo estos días. Hay momentos en que he empezado a ver señales de humo, a escuchar susurros que hace un tiempo hubiese matado por poder escuchar. Pero hoy estoy ante mi más común conflicto existencial: ¿Acaso estas señales son de verdad? Esta guerra sin cuartel que me demanda tomar decisiones... ¿acaso es verdad que está sucediendo algo relevante, algo que me cambie la dirección de mi vida diaria?
Una escena que me impactó profundamente fue la que presencié una vez en algún canal de cable: hay una clase de pez que vive en alguna costa de algún lugar, la cosa es que cada cierto tiempo a ese pez le da por encerrarse en una cueva acuática, sin comer durante meses. Hay un momento durante esa extraña hibernación en el cual al pobre pececito le da por tener hambre. Después de semanas sin comer, yo empezaría a tragar arena. Pero no, el pececito es paciente (algo que a mí me hace DEMASIADA falta) y se queda quietecito esperando que pase algo que pueda comerse. Pasa mucho, pero mucho tiempo, y ese pez está inmutable, esperando.
Hasta que un sagrado día, se acerca un pececito solitario, nadando por ahí. Si de por sí este pez hibernador se había ganado mi admiración, imagínense como lo veneré al ver que no se lanzó como loco a comerse al pececillo que ha aparecido. Es que ese pececillo que se le ha cruzado es espantosamente escurridizo, y nuestro amigo debe esperar aún más. Se pasa ahí horas y horas, hasta que el pececillo se le acerca y... POW!!! Una sola mordida, y la barriga ya está llena.
Quizás yo debería ser más como ese pez hibernador. Ser paciente es la clave para derrotar a la zozobra. Es una táctica de guerra bastante extraña. Dejar que el demonio de la desesperación pataleé y pataleé tanto pero tanto que termine cansándose, y entonces vos podés sacudirte el polvo y actuar con naturalidad, derechito al triunfo. Las cosas buenas cuestan muchísimo. Para la mayoría de seres humanos, cuando quieren algo, su reto consiste en salir a buscarlo, a pelear contra fuego y agua para conseguirlo. Ahí reside su triunfo, poder decir "YO ME DÍ EN LA MADRE PARA LOGRAR LO QUE QUERÍA".
Pero para los de mi raza impetuosa, eso no es mayor cosa. No es que sea fácil, pero gente como yo ya trae una especie de "Manual de remontada épica" integrado en el cerebro. Para mí el reto consiste en... no hacer nada. Amarrarme a la silla y esperar que pase lo que tenga que pasar, esperar la embestida de mis demonios. Es momento de guardar la espada y ponerme los escudos. Sentarme a SER PACIENTE, a no interrumpir el curso del tiempo y el espacio.
Paciencia, para ver pasar las estaciones, los momentos, invocar a la Anestesia Divina para que me deje adormecido. Esa paciencia con la que los prados se vuelven verdes, como las aves que migran sin prisa hasta el otro lado del mundo, con la paciencia que la aguja segundera espera a que la minutera apure el paso... paciencia, bajo el riesgo que la paciencia se confunda con desinterés... supongo que mis suspiros indisimulados se encargarán de que eso no suceda.
Después de todo, durante los últimos años de mi vida he llegado a creer algo fundamental... la paciencia es el primo favorito de la esperanza.
Sólo así responderé a mi pregunta... ¿acaso es posible que esté sucediendo algo?

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